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Notoriamente más hermosa


Por: Oscar Pita Grandi


Godard decía que existían dos categorías de cineastas: los que quieren hacer cine a cualquier precio, y los que quieren hacer una cierta película. Definitivamente, Eric Rohmer pertenece a la segunda. Maurice Schérer, su verdadero nombre, nació en 1920 en la provincia de Nancy, Francia, y se dio a conocer como uno de los más brillantes críticos de “Cahiers du Cinéma”. Autor, en colaboración con Claude Chabrol, de un ensayo sobre Alfred Hitchcock. Su primer largometraje, “Le signe du Lion”, que pasó casi desapercibido, data de 1959 con la aparición de la “nouvelle vague”, movimiento del que es uno de sus más repuntados teóricos. Cosa curiosa: a pesar de haber transcurrido más de cuarenta años desde su famosa polémica con Pasolini sobre “Cine de poesía contra cine de prosa” (una discusión semejante se gestó en los años treinta en el cine soviético, pero con Eisenstein, Yukevitch y Kosintsev) en 1965 y publicada por Anagrama en 1970, todavía es texto obligado de consulta cuando se desea informarse sobre el tema, más aún en épocas en que el tiempo y la tecnología nos han obligado a mirar con cierta distancia y melancolía dichas distinciones.
La película suya que interesa al presente artículo, “La Rodilla de Clara”, forma parte de un ambicioso proyecto formado por seis producciones llamado “Los cuentos morales” (“Six contes moraux”) iniciado en 1962 con “La boulangère de Monceau” (Monceau), proseguido por “La Carrière de Suzanne” (La carrera de Susana, 1964), “La collectionneuse” (La Coleccionista, 1966), “Ma nuit chez Maud” (Mi noche con Maud, 1968, un clásico del cine) y “Les genoux de Claud” (nuestra película, de 1970), L'Amour l'après-midi (El Amor después del medio día, 1972), concebidos todos juntos como una novela. Luego rodaría dos sagas más: “Comedias y proverbios” y “Cuentos de las cuatro estaciones” en los ochenta.

La Rodilla de Clara”, galardonada con la Concha de Oro a Mejor Película del año por The National Society of Films Critics, es una película descaradamente literaria: Jerome es un apuesto diplomático que acude a la majestuosidad del lago Annency a disfrutar de sus últimas y solitarias vacaciones de soltero, en cuya rivera, casualmente, coincide con Aurora, una amiga suya, morena, escritora de acento italiano. Aurora, refugiada del mundillo literario parisino, arrienda una habitación en una de las plácidas casas del lago, en que vive una divorciada con su hija Laura, de apenas quince años, quien luego de conocer a Jerome, cae perdidamente enamorada de él. La escritora entera de ese amor a su entrañable amigo y le narra, además, la incompleta trama de su proyecto de novela (una simpática historia de un adulto que escondía las pelotas que caían en su jardín, a fin de hacerse amigo de una de las nínfulas que lo traía loco, cuando la joven acudía allí, a buscarlas) cuyo final le era brumoso. Entonces, insta a Jerome a que la ayude, experimentalmente, con el desarrollo de la misma y más, con el desenlace. Sucede que un escéptico y formal Jerome se presta como conejillo de indias para formar, desde la realidad, al protagonista de la novela de su amiga, pero a través de sus sentimientos y emociones vinculados con el precoz romance de Laura. Pero pronto aparecería Clara, hermana mayor de Laura aunque adolescente todavía, notoriamente más hermosa, de quien Jerome queda prendido a tal punto que sus más firmes cimientos morales se verán sacudidos y cuestionados por los arrebatos pasionales que Clara le produce y que él calla a medias, abandonando la ficción de la que se hizo cómplice, para ceder a los enfrentamientos con la realidad de su próxima boda.

Fiel a su vocación por el “cine de prosa”, Rohmer plantea desde el inicio un tratamiento cinematográfico de “cámara oculta” en “La Rodilla de Clara” como en casi toda su filmografía (digo “casi” porque de sus cortometrajes no he podido visionar nada), sacrificando el regocijo de los camarógrafos por el desarrollo de los personajes, haciéndolos “reales” por encima de la película misma; pero sin alejarse del preciosismo pictórico, propio de los impresionistas, que parecía querer evidenciar, brotando, por momentos, como producto de un descuido de ese orden humano de cosas y conflictos, cierta poesía inevitable; más en los instantes en que las parejas quedaban abandonadas o premiadas a su cálida soledad en el campo, o bajo un aprisco guarnecidas de la lluvia. Este quinto cuento moral, o quinto casi capítulo de novela, obedece también a un estricto y lineal orden cronológico; esta vez marcado por la consecución de las escenas, antecedidas por la fecha del día, como si se tratase de un diario visual y en tiempo presente. No obstante, y quizás por esa cámara que no desea delatarse y Jerome que no parece decidirse, además por la carencia de música (sello Rohmer) ajena a la oída o ejecutada como producto de la trama y en la trama, cierta modorra se derrama sobre todo llegado el tercio de la película. Y justo entonces, o un poco antes, uno desearía que el profesor Humbert Humbert viniese desde “Lolita”, con el permiso de Nabokov y de Kubrick, y además con el permiso del mismo Rohmer, a darle un par de clasecitas de pederastia a este Jerome que se reprime todo. Aunque también esa desidia es parte de la atracción, de ese suspenso tan humano y por ello, tan desesperante e invisible, respecto del quéhacer pasional enfrentado a los juegos morales. Pienso que las motivaciones de Rohmer en este film (que también es un capítulo de su novela) no fueron muy distintas de las planteadas por Nabokov en “Lolita” (llevada al ecran por el maestro Kubrick en 1962, con guión de Nabokov) en cuanto a materia moral se refiere: Rohmer se quedó de pie en el friso del puente, con la roca atada a su cintura y alzada en brazos viendo correr a sus pies las negras aguas del río, dubitativo, contemplativo; Nabokov (y por eso pienso que lo filmó Kubrick) se arrojó al río sin pensar en consecuencias.

Película: La rodilla de Clara. Dirige: Eric Rohmer. 1970

Hay una película que hurga en el tema con mucha inteligencia y humor. Se trata de "Mi padre", de Bertrand Blier. No sé si algún día se estrenó en el Perú, pero es muy recomendable.

Pasando a otra cosa, a mí tampoco me gusta el nombre de este blog e imagino que muchos de los amigos que han visitado este sitio han de expresar una razón similar. A mí me resulta difícil asociar el cine con el pop corn, salvo que se trate de un cine eminentemente comercial. ¿Cómo ver el Arca Rusa comiendo pop corn? En el cine es un derecho del espectador exigir completo silencio. Dos cosas yo exigía, hace ya muchos años, cuando era cinéfilo: soledad y silencio. En el cine ni comía ni andaba acompañado. Tal era la costumbre, creo yo, de todos esos solitarios que llenábamos la décima parte del cine club Santa Elisa, en el jirón Cailloma, hace más de veinte años.

Quizás les sirva de consuelo el hecho de que en su mayoría, tanto los blogs como las revistas de cine, reales y virtuales, no tienen nombres muy atractivos que digamos. La tradición de los nombres malos es muy vieja, se remonta a la mismísima revista Hablemos de cine, cuyo nombre quiero atribuir a la falta de inspiración más que al ocio. Años más tarde, muchos de los críticos de esa revista resurgieron con La Gran Ilusión, un nombre que homenajea a Renoir y que precisamente por ser el título de una película, revela una vez más que la imaginación se quedó un poco corta. Seamos justos sin embargo, mi blog se llama "Corredor sin retorno", mal nombre también, inspirado en un filme de Sam Fuller.

El peor nombre, sin embargo, es el de una revista "choronga" proveniente de Argentina. Se llama "El Amante de cine". Pero en este caso los críticos sí merecen este nombre horrible, porque entienden el cine como entienden el fútbol, es decir, como deporte nacional en que nadie les gana. Así, como gremio, arremeten contra los "críticos españoles" en su último número, como si hubiera un Mundial de la crítica. Es gracioso.

Sugerencias no tengo y perdonen ser tan criticón y tan poco útil al respecto. Pero al margen del nombre, el blog de ustedes es buenísimo y merece una mayor cantidad de seguidores.

Igual que en Pauline en la playa, en La rodilla de Claire noté la naturalidad con que los personajes toman relaciones iniciáticas entre adolescentes y hombres mucho mayores. En la primera, lo fácil que la tía Marion le ofrece Pauline de suplente al despechado Pierre.

Los personajes de Rohmer parece que se paran "quedando" pero ahí la gracia. El personaje dice algo, piensa otra cosa, y hace otra distinta a las dos anteriores. El "piensa" es lo mejor, porque no sale. La cabeza de Jerome sobando la rodilla... ¿qué hay allí? Porque lo que le dice a la italiana luego es muy probable que sea puro floro, yo no le creo, esa cabeza debe haber estado recalentando cosas indecibles, no necesariamente por inmorales sino por complejas.

Otra conciencia misteriosa es el JeanLouis de Mi Noche con Maud. Todo se le termina solucionando, pero esa noche ¿qué pensó?

Ahora ¿la oscura conciencia de Humbert desarrollada en Lolita novela podría ser parecida a las conciencias ocultas de los protagonistas de Rohmer? Que miedo.

Sin porcor entonces

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